
De Mariagrazia Piscicelli, Tena, Ecuador
El 20 de julio debería haber sido el día de mi partida, pero algo cambió los planes. Una avería informática global provocó inconvenientes en varios sectores, entre ellos el transporte, y así el vuelo con destino a Quito, que inicialmente preveía dos escalas, se convirtió en un itinerario con tres paradas en dos países diferentes antes de llegar al destino final. Así comenzó mi experiencia en Ecuador.
América Latina, Ecuador, la Amazonía: un contexto completamente nuevo para mí, una tierra arrolladora, una experiencia totalizante.
Al llegar aquí, desde el primer momento lo que marcó mis días fue el paisaje sugestivo que se encuentra frente a la ventana de mi habitación: una selva infinita que se une con el cielo en el horizonte, un verde que se pierde a la vista y que se entrelaza con los matices que la luz va coloreando según la hora y las condiciones meteorológicas. Los rayos del sol entran temprano por la mañana en mi habitación, acompañados por tímidos sonidos de la fauna que no deja de cantar: solo cambian los protagonistas, pero el trasfondo está siempre vivo y presente, desde el amanecer hasta el anochecer.
Casa Bonuchelli se despierta muy temprano por la mañana; como los locales, es la naturaleza la que marca nuestros ritmos de vigilia y sueño. Hay quienes salen al campo, quienes se dirigen a las escuelas, quienes van a las comunidades y quienes trabajan en la oficina. Una cotidianidad que, por definición, tiene algo de rutinario, y sin embargo cada día es distinto.

No se puede uno acostumbrar a tanta biodiversidad que habita el Napo: a una flora y una fauna tan ricas, a las innumerables poblaciones que viven en el territorio, a tanta vida. La protagonista por excelencia de esta tierra es la Pachamama, que en lengua kichwa significa justamente “Madre Tierra”, investida de una sacralidad propia, reconocida y respetada por quienes han nacido en este contexto, por quienes son “hijos de la selva”.
La relación que se establece entre los hijos de la Amazonía y la Pachamama es una relación de devoción, que no pasa desapercibida ni siquiera a los ojos inexpertos de quienes provienen de tierras lejanas. La naturalidad con la que los niños trepan a los árboles, se lanzan al río, los jóvenes y los adultos trabajan la tierra según el sistema de cultivo Chakra. Un estilo de vida, un conjunto de anécdotas y saberes ancestrales transmitidos de generación en generación y de los cuales las poblaciones indígenas son portadoras y custodias.
La excepcionalidad de la experiencia de vida en este territorio se vio aún más intensificada por particulares coyunturas sociopolíticas que se produjeron durante mi estancia: desde una crisis climática hasta las nuevas elecciones presidenciales, pasando por sucesos relevantes de la crónica nacional y acontecimientos de política internacional que tuvieron repercusiones inmediatas en el país. El entrenamiento frente a los imprevistos, iniciado con el vuelo cancelado del 20 de julio, continuó en el Napo. Entre los eventos imprevisibles hubo cenas a la luz de las velas por los apagones nacionales, los cuadros semanales con los horarios de disponibilidad de la electricidad y la protesta social en Archidona que paralizó la vialidad de la región.
El denominador común fue la resistencia transversal de la población que hizo frente a estos acontecimientos. El Paro de Archidona fue el evento más significativo que viví aquí: una manifestación de resistencia local en la que confluyeron varias luchas en defensa del territorio del Napo, de la naturaleza y de los derechos de las poblaciones indígenas. Tras los primeros meses de sorpresa continua, eventos de este tipo se presentaron como una epifanía, comenzaron a hacerse visibles las problemáticas que afligen a este territorio: una región tan rica como víctima del deterioro de sus propios recursos, en detrimento, en primer lugar, de la naturaleza y de las poblaciones autóctonas.
La belleza de estos lugares se entrelaza con las dificultades de quienes intentan protegerla, entre luchas contra la deforestación y el avance de actividades extractivas. Y si es cierto, como es cierto, lo que cantan Calle 13: “Tú no puedes comprar al viento, Tú no puedes comprar al sol, Tú no puedes comprar la lluvia, Tú no puedes comprar el calor”, lo que está en las facultades de quien gobierna esta tierra, de quien es hijo de ella, de quien está solo de paso, es protegerla.
