de Lorenza Fiaschetti – Quito

Han sido tres intensos meses desde que comencé el Servicio Civil en Ecuador, en Quito, la capital del país enclavada en los Andes. Este ha sido un trimestre de observación, escucha y el aprendizaje, durante el cual he intentado comprender las dinámicas y los retos a los que se enfrenta este país, a través de conversaciones con la población local e información periodística.

En los últimos años, Ecuador ha atravesado una fase de creciente violencia, debido el establecimiento de bandas de narcotraficantes, especialmente en las regiones costeras. De hecho, Ecuador se ha convertido en la etapa final del refinado de la cocaína que procede de los países vecinos Colombia y Perú, y que luego sale de sus puertos hacia el mercado negro de Norteamérica y Europa. Un ejemplo de esta situación es Durán, un pueblo situado cerca del principal puerto de Ecuador, el de Guayaquil, que ha sido completamente tomado por grupos de narcotraficantes. En respuesta a esta amenaza, se ha declarado el estado de emergencia, lo que dio lugar a toques de queda y a la transición a la enseñanza a distancia por razones de seguridad.

Esta situación ha convertido al país y a su capital, una ciudad que hace cinco años podía considerarse una de las más seguras de Sudamérica, en un lugar cada vez más peligroso. Los robos en el transporte público e incluso los secuestros de personase han convertido en sucesos frecuentes, y caminar por la calle después de las seis de la tarde se ha convertido en un riesgo para la propia seguridad. El punto culminante de esta espiral de violencia fue el asesinato de Fernando Villavicencio, candidato presidencial que había centrado su campaña electoral en la lucha contra el narcotráfico. Este acontecimiento cambió mi percepción del país, pero aún más me impresionó la reacción de los ciudadanos con los que hablé. Muchos, a pesar del miedo y la preocupación sobre el futuro de Ecuador, continúan sus vidas de forma bastante tranquila, no sé si por costumbre o por indiferencia. Como señaló un colega: “lo que más me duele es que la gente de mi país está normalizando esta violencia, se está resignando a que nos convirtamos en la nueva Colombia de Sudamérica”.

Esta misma realidad afecta profundamente a la vida de los migrantes, principalmente venezolanos y colombianos, que huyen de sus países en busca de una mejor calidad de vida o de protección, para volver a encontrarse en una situación peligrosa. Los proyectos como el mío, que se centran en la migración, subrayan la urgencia de encontrar una solución a esta situación.


En concreto, trabajo con la ONG HIAS, comprometida con la integración de migrantes y refugiados en Ecuador. Su enfoque de la migración y las políticas que adoptan van más allá del mero apoyo económico. El principal objetivo de esta ONG es promover los derechos humanos y así brindar a los beneficiarios toda la información necesaria para orientarse en Quito e integrarse en esta gran ciudad desconocida. “La información es poder”, me enseñaron el primer día. Frase cierta, sin embargo, sólo en algunos casos y para algunas personas, que por lo general no son migrantes pertenecientes a la clase trabajadora. De hecho, a pesar de nuestros esfuerzos por promover de los derechos, estos a menudo se quedan en teoría, ya que la xenofobia que atraviesa este país impide a los inmigrantes no blancos ejercer estos derechos en la práctica cotidiana. Con demasiada frecuencia, se les niega el acceso a los hospitales o son explotados por sus empleadores. A veces, incluso se viola su derecho a la educación.

Por eso, aunque a la mayoría de las veces los migrantes saben cómo buscarse la vida, elaboramos junto a ellos un plan de protección específico para sus situaciones. Siguiendo con el ejemplo de la educación, si un colegio se niega a aceptar la matriculación de un niño migrante, entendemos junto con los padres las distintas vías que se pueden tomar para resolver esta situación, desde hablar con el director del colegio hasta denunciar los hechos al ministerio de Educación. Los planes de protección pretenden, por tanto, informar, reducir el nivel de vulnerabilidad y aumentar así las posibilidades de elección. Luego, les corresponde a ellos mismos decidir qué hacer.

Otros aspectos que me gustan de la política de HIAS son que confía en la palabra de los beneficiarios, respeta sus derecho de tomar decisiones promoviendo ante todo la autodeterminación y, finalmente, no impone ninguna condición al dinero otorgado. Además, desde el primer día, pude constatar una profunda inclusividad hacia la comunidad LGBTQI+ y, en general, un enfoque centrado en las cuestiones de género: se considera que las mujeres son las encargadas de la familia y, por tanto son ellas que reciben eventual asistencia económica e instrucciones sobre cómo retirarla. O los funcionarios de HIAS las atienden, en un primer momento, siempre separadas de la pareja o del marido, para que puedan denunciar cualquier caso de violencia de género. Esto me sorprendió positivamente, debido a las advertencias sobre el machismo que había recibido antes mi salida de Italia.

Por lo general, suele ser un trabajo emocionalmente exigente, ya que cada día escuchamos las historias de vida de mujeres, hombres y niños que huyen de la miseria y la persecución política, víctimas de tortura, de trata de seres humanos o de amenazas de muerte. Sin embargo, una nota positiva de esta realidad es que existe, escondida en los intersticios menos visibles de esta sociedad, una sorprendente solidaridad entre la sociedad ecuatoriana y las personas migrantes. Muchas veces me cuentan sobre familias, madres solteras y ancianos que, si al principio no tienen más alternativa que dormir en la calle, luego encuentran el apoyo inesperado de desconocidos que les abren las puertas de sus casas. Estos actos de ayuda mutua les ofrecen un refugio, que sea temporal o incluso a largo plazo.

Hasta ahora, mi experiencia en Quito ha sido de constante aprendizaje, tanto en lo profesional como en la toma de conciencia sobre las diferentes realidades de vida de las personas, sus hábitos y desafíos diarios. Estoy inevitablemente reflexionando sobre mis privilegios y mi libertad de elegir, cada día, qué hacer y sobre todo qué no hacer. Incluso, por ejemplo, la misma posibilidad que tengo de reflexionar sobre estas cuestiones. Este periodo de Servicio Civil, en conclusión, me ha permitido ampliar mi perspectiva sobre un mundo complejo, caracterizado por una gran variedad de desafíos y esperanzas que se entrecruzan constantemente.