
de Elena Gatti
Estos dos primeros meses en Tena han sido un período de comienzos y finales, alfa y
omega, que se entrelazan en cada momento de nuestras vidas como voluntarios. Entre las
partidas de quienes han terminado su año de servicio y las llegadas de los nuevos
voluntarios que serán nuestros compañeros de viaje, así como los nuevos proyectos por
iniciar, percibo este ciclo que se repite cada año aquí. Es una sensación bonita, te hace
sentir parte de algo mucho más grande.
Soy una de las tres voluntarias del proyecto de desarrollo rural, que incluye muchas
actividades bastante diferentes entre sí, pero con un objetivo final en común: el desarrollo
de la independencia de las personas que forman parte de estas iniciativas.

Justo mientras escribo este testimonio (ha pasado un tiempo desde que comencé a contar),
estoy participando en la primera clase del proyecto Aprende a Emprender. Es un curso de
formación empresarial dirigido a jóvenes ecuatorianos de la provincia de Napo que tienen
una idea de negocio. Aquí en la universidad IKIAM se respira un buen ambiente, gracias al
grupo de clase muy activo y a la hermosa vista de la selva que nos rodea.
Durante la semana, también me dedico a otras actividades: cuidar las plantitas del vivero,
visitar las fincas, que normalmente se encuentran en senderos no precisamente fáciles (y si
te caes, todos se ríen mucho), apoyar a las señoras del huerto de Ahuano y visitar a los
chicos de la cafetería Jatary. Esta palabra kichwa significa “despertar”, lo cual encaja bien
con una cafetería. Los chicos que trabajan allí producen el café que luego venden: lo
seleccionan, lo tuestan y lo empaquetan. Es un proceso que lleva mucho tiempo,
especialmente la selección que se hace a mano, pero el café resultante es realmente
exquisito. No siempre es fácil trabajar con ellos, ya que están casi totalmente “intocados”
por la mentalidad de productividad puramente occidental, pero igualmente tienen muchas
ideas para hacer de la cafetería un lugar acogedor y estimulante.
Hoy (el marco temporal de este relato es mejor dejarlo de lado), estamos en Ahuano para la
minga del huerto. La minga es el momento en que te reúnes con los compañeros y trabajas
en algo que será útil para la comunidad.

Es un concepto alejado de lo que estamos
acostumbrados, y es un privilegio poder participar en estos momentos cotidianos que dejan
tanto. Hay tres niños que nos observan mientras trabajamos; en cierto momento empiezan a
encender un pequeño fuego y a cocinar un maduro (plátano). Cuando está listo, lo pelan y
lo cortan, toman una hoja de plátano para hacer platos pequeños, comen una parte y luego,
avergonzados, lo comparten con nosotras, las voluntarias.
Espero que esta historia de comienzos siga sorprendiéndome.
