De Martina Manciocchi, Ibarra, Ecuador.

Estoy en Ecuador desde hace más de cuatro meses ya y, si pienso en este país y en una posible definición que lo represente, no puedo evitar pensar en la famosa frase de la película Forrest Gump: “la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”.

Aquí es realmente así, incluso en la vida cotidiana. Todo, desde que llegué, ha sido una sorpresa: desde las pequeñas cosas que, a nuestros ojos, parecen rarezas, hasta las grandes lecciones humanas que este lugar, en su total inconsciencia, te regala. Las cabinas de los autobuses personalizadas con adornos por todas partes y alfombras peludas; el desafío diario de cruzar la calle —donde los coches se detienen para dejar pasar a los perros, pero no a los peatones—; la camioneta del gas que difunde una música tan infernal que parece que en cualquier momento vaya a aparecer el payaso de IT; los coches decorados con cuernos y narices de reno en Navidad; la hospitalidad espontánea de personas que te abrazan con calidez aunque te vean por primera vez, y las puertas siempre abiertas de quienes, incluso conociéndote apenas, están listos para añadir un lugar en la mesa: son todos detalles que, juntos, cuentan mucho más de lo que parece.

Y en este continuo sucederse de sorpresas, este país también regala maravillas indescriptibles en cada uno de sus rincones: desde las mariposas gigantes de colores intensos en la Amazonía, que parecen flores voladoras, hasta la naturaleza intacta de los Andes; desde los monitos a orillas del río que te roban de la mochila, hasta las comunidades indígenas que viven entre la Mama Cotacachi y el Taita Imbabura (para quienes disfrutan de las leyendas locales, se cuenta que entre estas dos montañas existe una historia de amor de la cual habría nacido el monte Yanaurcu); desde aves de todos los tamaños y colores hasta la cumbre nevada del Cotopaxi que, cuando se deja ver, te quita el aliento.

Junto a tanta belleza, sencillez y espiritualidad, sin embargo, también hay sufrimiento y precariedad, que conviven con todo esto y que se pueden ver en las personas que duermen en la calle o rebuscan en la basura; en los migrantes que, tras huir de su país de origen, no tienen dónde dormir ni qué comer; en los padres que piden ayuda para comprar el material escolar para sus hijos o en quienes no pueden permitirse atención médica; pero también en las muchísimas personas —incluso niños— que te detienen por la calle para pedirte unas monedas o que se quedan fuera de los supermercados vendiendo chupetes o bolsas de basura, y en la gente que sube a los autobuses contándote su historia y ofreciéndote algo —una pulsera, comida— con la esperanza de que puedas dejarles alguna moneda.

Situaciones de vulnerabilidad se encuentran también —y quizás aún más— en las zonas rurales, como pude observar en Chical, un pequeño pueblo en la frontera con Colombia, marcado por la presencia de la minería ilegal y por un clima de inseguridad ligado a la criminalidad y a los grupos armados. Entre las situaciones que encontré en este contexto, una en particular se me quedó grabada: una madre sola con sus hijos, todos analfabetos, que no asistían a la escuela y pasaban los días en casa, en una vivienda sin electricidad. Un encuentro que, aunque en su singularidad, refleja una condición lamentablemente extendida en muchas zonas de frontera, donde niños y niñas no van a la escuela porque están involucrados en el trabajo en minas ilegales o porque están expuestos al riesgo de ser reclutados por la guerrilla, y donde muchas niñas se convierten en madres antes incluso de tener tiempo de ser niñas. Son realidades que muestran con fuerza cuánto la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia inciden en la vida de las personas, especialmente en la de los más pequeños.

La de Ecuador es una realidad compleja, hecha de opuestos que conviven constantemente, y cuanto más intento captar su esencia, más resuena en mi cabeza una palabra: contradicción. Para mi gran sorpresa, aquí he descubierto que esta palabra no tiene solo una connotación negativa, sino que puede encerrar un profundo encanto, un universo de significado distinto que, aunque no da respuestas, sí despierta nuevas preguntas.

Aquí la relación con la naturaleza se vive de manera visceral: la Pachamama se percibe como esencia de la vida y principio de equilibrio; y, sin embargo, al mismo tiempo no es raro ver a la gente tirar papeles al suelo o incluso bolsas de basura en los ríos. Del mismo modo, si por un lado no es difícil sentirse acogido y parte de un todo, por otro existen formas de discriminación y xenofobia, no solo hacia colombianos y venezolanos, sino también entre los propios ecuatorianos. Esta ambivalencia la percibí claramente también durante el paro, que si por un lado me mostró un fortísimo sentido de comunidad, solidaridad y apoyo mutuo, por otro sacó a la luz —y en cierto modo también reforzó— miedos, tensiones y divisiones profundas ya presentes en el tejido social.

Es en este contexto donde se inserta mi proyecto de servicio civil, que, aunque tiene como objetivo la inclusión de migrantes y refugiados —a menudo definidos como “frágiles”—, la experiencia me ha mostrado personas con una fuerza que nunca había encontrado antes. Partí para esta experiencia con la intención y el deseo de llevar mi ayuda donde hiciera falta, sin saber exactamente cómo y sin tener competencias específicas ni experiencias previas en este ámbito. La migración es un fenómeno del que todos somos conscientes, pero una cosa es saber de su existencia y otra muy distinta es conocerlo de cerca, verlo y vivirlo a través de los relatos y las realidades de quienes lo experimentan cada día. Con el paso del tiempo, me doy cuenta de que mis expectativas eran incompletas: estaba muy centrada en lo que podía dar, pero nunca me había preguntado qué podía recibir.

Durante estos meses, entre los distintos proyectos llevados a cabo por la ONG local en la que presto servicio, también ha habido algunos de emprendimiento, que ofrecían a los beneficiarios la posibilidad de recibir un capital semilla para iniciar o fortalecer su actividad. Nuestro papel como voluntarios ha sido acompañar a los beneficiarios en la elaboración del plan de negocio, en la evaluación de la sostenibilidad financiera y en la preparación del pitch: todas actividades para las que tenía competencias casi inexistentes, pero que han sido profundamente formativas, tanto a nivel humano como personal. Escuchar sus historias, verlos emocionarse mientras las cuentan, observar la determinación con la que intentan avanzar siempre un paso más, que me llamen “profe”, recibir una gratitud sincera incluso cuando siento que no estoy haciendo lo suficiente… En este espacio, hecho también de pequeños gestos y de presencia constante, el involucramiento para mí se ha vuelto inevitable y el sentido de responsabilidad, cada vez más fuerte.

No siempre es fácil: no puedo negar que a veces es emocionalmente pesado, tanto por el contacto con ciertas realidades como por el sentimiento de impotencia que puede surgir, pero es precisamente ahí donde he comprendido plenamente el valor de mi presencia. A este respecto, recuerdo que durante la formación algunos de nosotros, los voluntarios (incluyéndome), habíamos expresado el miedo de no lograr aportar una ayuda concreta, y alguien respondió que a veces basta con simplemente estar. En ese momento no había entendido del todo el significado de esas palabras, pero con el tiempo y a través de la experiencia directa he llegado a comprenderlo profundamente: para ellos es importante saber que hay alguien dispuesto a escucharlos, a implicarse para ayudarles, incluso cuando la ayuda no es inmediata. Y en esta experiencia, para mí, el “estar” nunca ha sido pasivo: es una presencia activa, empática, que siente y comparte. Incluso cuando parece que no se hace nada, ese “nada” tiene un valor enorme.

Quizás sea por eso que, aunque sean ellos quienes expresan gratitud por la atención y la ayuda recibida, yo misma me siento profundamente agradecida por todo lo que estas personas, sin darse cuenta, me están dando.

Esta experiencia ha sido —y sigue siendo— para mí un descubrimiento, no solo de una cultura diferente, sino también de mí misma. He descubierto una Martina más paciente, más atenta a los demás, capaz de sentir y de sentirse, de tomarse la vida con más ligereza y de dar más valor al presente. Siendo extranjera, a menudo me preguntan qué es lo que más amo de Ecuador, y siempre respondo que amo todo, pero sobre todo la forma de percibir y vivir la vida: aquí no hay prisa, se vive en comunidad, se comparte todo, incluso cuando se tiene poco. Quizás sea precisamente esto lo que mejor refleja la esencia de este país y de sus contradicciones, que conviven sin anularse entre sí.

Un día, durante una caminata en la montaña, una chica ecuatoriana que estaba con nosotros nos contó que, cuando dejas una montaña, debes llamar de vuelta a la parte de ti que se conectó con ella, diciendo “vamos” y tu nombre. Ya sé que ese “vamos Marty” no logrará “recuperar” la parte de mí que aquí ha echado raíces, así como sé que siempre llevaré conmigo una parte de este lugar mágico.

En conclusión, al reflexionar sobre todo lo que he vivido y observado en estos meses, me viene a la mente una cita mencionada por un taxista durante el viaje hacia la Laguna de Quilotoa, que creo resume perfectamente la esencia de esa caja de chocolates que Ecuador es para mí: “los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”.