De Pietro Annunziata, Quito, Ecuador

¿Con qué lentes leemos el mundo que nos rodea? ¿Cuánto influyen en la manera en que lo habitamos? ¿Estamos segurxs de que el saber, la memoria histórica e incluso el propio tiempo sean objetivos y lineales?

Desde hace algunos meses vivo en Quito, en Ecuador, y soy voluntario del servicio civil. Mi trabajo consiste en ser profesor de inglés en la escuela “Yachay Wasi”, nombre que en kichwa se traduce como “Casa del saber”.

La escuela forma parte del sistema de educación intercultural bilingüe, un sector del Ministerio de Educación ecuatoriano que surge de las reivindicaciones políticas de las grandes movilizaciones indígenas de los años noventa. Aquí, los pueblos exigían que se reconociera el derecho a aprender en su propia lengua, en un ecosistema que respetara los valores de su cultura ancestral y que no los relegara a una posición de inferioridad o mera superstición.

Hace unos treinta años, así, la Yachay Wasi se transforma en un espacio que, en todas sus formas, está en la búsqueda constante de un modelo educativo diferente, que abrace la cultura ancestral sin negar el occidente moderno, y que lo haga en un contexto en el que la resistencia indígena pueda transformarse en una lucha interseccional y universal.

Laura Santillán y Fernando Chimba, los fundadores de la escuelita, y hoy la directora Ninari Chimba, desarrollan así una pedagogía propia, el “Ishkay Yachay”, del kichwa “las dos sabidurías”. A partir de las enseñanzas de grandes pioneras indígenas, como Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña, el objetivo del Ishkay Yachay es hacer converger plenamente la etnociencia tradicional andino-amazónico-afro con los saberes del occidente moderno, con el propósito último de sanar la profunda herida colonial de la que esta tierra es triste heredera.

Enseñar en la escuelita se traduce en un constante contraste epistémico: es nuestro deber enseñar a lxs niñxs que estos dos universos del saber, aunque muy diferentes, coexisten y forman parte de la complejidad de un mundo que sería demasiado reduccionista analizar desde una única perspectiva, a pesar de que esta táctica haya sido en el pasado —y continúe siéndolo— un arma poderosa de la colonialidad.

Explicar los colores, incluso solo para traducirlos al inglés, significa contar que, en un lado del planeta, estos se consideran ondas, reflejos de la luz que nuestro ojo decodifica a través de reacciones químicas; pero que, en la memoria histórica de esta tierra, son el lenguaje vivo de la Pachamama, madre del tiempo y del espacio, signos a través de los cuales nos comunica que está por llover, que pronto nos dará frutos o que necesita cuidados.

En este contexto, un principio filosófico fundamental es el de la “Mutua Crianza”. Deconstruyendo el antropocentrismo, espejo directo del eurocentrismo, en la escuela se enseña que cada actor de la naturaleza tiene la misma dignidad y que cuidar de ellxs significa permitirles, algún día, cuidar de nosotrxs, y no solo en un sentido material o alimentario. La Pachamama lleva consigo enseñanzas complejas y profundas sobre el amor, el afecto, la fidelidad y, sobre todo, la resistencia. Así, a cada planta se le pide permiso para dibujarla o incluso solo para tocarla; nuestra perrita Kushi, del kichwa “feliz”, y las llamas Rufo y Mashita nos hablan de resiliencia; y los fenómenos naturales se convierten en punto de partida para reflexionar sobre la política y sobre el ciclo de un tiempo no lineal (el Pachakutik), marcado por un calendario agrícola hecho de rituales de siembra y cosecha.

La Pachamama también nos enseña a reencontrar lo “femenino” en el todo, en una visión profundamente antipatriarcal, como lo es el propio kichwa, que no conoce declinación de género. Lxs niñxs de la escuelita, de 3 a 13 años, saben todxs reconocer los sistemas de opresión a los que está sometido el mundo, en una educación que, como dice el mural en la fachada de la escuela, es por la justicia social, la justicia ecológica, la justicia lingüística y la justicia espiritual.

Es sobre estos pilares que se fundamenta el Ishkay Yachay y es sobre estos pilares que encuentro mi papel en esta parte del mundo, mi forma de construir sentido. Trabajar en la Yachay Wasi significa para mí vivir, con mi propio cuerpo, un contexto que respira afecto y conciencia.

Un mundo que, aunque distante de mí, es el mismo que siempre he habitado y que me permite resignificar por completo los valores del cuidado, de la simbiosis con la naturaleza, de la memoria. Un mundo que me hace comprender que enseñar conciencia política e inteligencia emocional en la escuela no es un sacrilegio, que una educación diferente existe y que, de hecho, declaradamente antirracista, anticapitalista, antipatriarcal y decolonial, se convierte en una herramienta poderosísima.

Un mundo en el que también es responsabilidad de mi propio privilegio, desde una visión que se vuelve universal en lugar de excluyente, cultivar esperanza y cambio, ser semilla.

Esta es solo una pequeña parte de la estratificada pedagogía que aquí me están enseñando. El primer gran impacto para mí fue escuchar a lxs niñxs llamar a sus docentes, incluyéndome, “mashi”, del kichwa “compañerə”.

Espero que, también al final de esta experiencia, la Yachay Wasi y sus habitantes puedan crecer frondosamente en mí; que sean sus frutos resistentes los que se conviertan en mis lentes y que yo pueda ser siempre, en cualquier forma, mashi Pietro. Yupaychanchik.