
De Matteo Pozzan, Quito, Ecuador
Quito es una ciudad exigente. Se necesita al menos un mes para acostumbrarse a la altura: estamos a casi 3000 metros. Luego hay que añadir que es una metrópoli, así que todo queda lejos. Sin embargo, me hace sonreír que la gente todavía se sorprenda cuando digo que encuentro productos italianos en el supermercado.
El servicio que realizo aquí es diferente, por ejemplo, al de Tena, a las puertas de la Amazonía, donde pasé el primer mes porque las escuelas en Quito estaban cerradas. Aunque ahora me encuentre en conflicto con la ciudad como entidad abstracta, reconozco que en Quito no falta nada: servicios, cultura, espectáculos, arte, deporte. No siento haber renunciado a mucho, por no decir a nada, de las comodidades de mi vida anterior. Al contrario, a veces pienso que he ganado algo: el Pichincha, un volcán inactivo que domina la ciudad con sus 4800 metros, siempre está ahí, mirándote. O quizás eres tú quien lo mira a él, si las nubes lo permiten.
Como decía: Quito es una ciudad exigente, todo es subir y bajar. Incluso al cuarto mes de servicio, la última subida para llegar al CEIPAR, el centro educativo donde trabajo, te deja sin aliento. Admito que en los días más perezosos nos damos el gusto de tomar un taxi. En el centro nos ocupamos de apoyo escolar y refuerzo para niños, niñas y adolescentes de entre 4 y 16 años. Sin rodeos. Hay un turno de la mañana, de 9 a 12. Almorzamos junto a los niños, acompañamos a los más pequeños a la escuela y, a las 13, empezamos el turno de la tarde hasta las 14:30.
Parece una maravilla en comparación con un “9 to 5”, ¿no? En realidad es muy intenso. Yo estoy en clase con los adolescentes. Las hermanas, que fundaron el centro, y el personal nos acogieron muy bien desde el principio, pero en el aula no fue fácil integrarme. Al inicio me miraban con desconfianza, me costaba seguir los acentos y el lenguaje coloquial, y no todos querían recibir ayuda.
Recuerdo bien el miedo que tenía antes de partir: el de no ser capaz, de no estar a la altura. No tengo una formación como educador. Así que empecé a observar. Miraba cómo hablaba y trabajaba con los chicos la Tía Mónica, a quien estimo muchísimo y a quien le debo mucho, y también a las universitarias en prácticas. Empecé simplemente imitándolas. Esto, junto con una buena dosis de terquedad, me permitió poco a poco ganarme la confianza de los chicos. O quizá sucedió independientemente de mí, quién sabe. En cualquier caso, también llegó su cariño. Hoy me siento valorado y querido en el centro, y el sentimiento es recíproco.
La jornada en el CEIPAR es intensa: imagina una clase con más de veinte chicos, todos con necesidad de apoyo. Y en español. Al final del día te estalla la cabeza, nada que ver con un “9 to 5”. El nivel medio es bajo: podemos decir que hay una diferencia de unos tres años respecto al italiano. Además, si frente a una división de dos cifras te das cuenta de que Camila no sabe las tablas, tienes que volver a las tablas. Pero también hay grandes satisfacciones: Juan que aprende a resolver ecuaciones, Miguel que se apasiona por el estudio, Daniela con su entusiasmo por el inglés.
El CEIPAR es intenso también por lo que representa. Está ubicado en el sur de Quito, en un barrio con altos niveles de analfabetismo y deserción escolar. Muchos niños deben dejar la escuela para trabajar. Sus familias a menudo viven situaciones difíciles: un padre ausente, o presente pero alcohólico. Por razones personales había elegido precisamente este centro: quería ser de ayuda para niños que crecen en contextos similares. Pero no es fácil mantener la distancia profesional, como te dicen que hagas. Sus historias te tocan, y los niños son los primeros en darte muchísimo cariño.
Un día, casi sin darme cuenta, el miedo a no ser lo suficientemente capaz se desvaneció. Entendí que no hace falta ser perfecto para ser útil: a menudo basta con estar, escuchar y tener paciencia.
El CEIPAR es un lugar especial: un espacio seguro en un barrio que no lo es. Fundado hace 35 años por una monja (la Hermana Serafina), una verdadera institución —todavía presente y llena de energía—, el centro sigue poniendo el bienestar de los niños en primer lugar.
Ahora me despido: con la época navideña el centro se vuelve frenético. Entre presentaciones, entrega de regalos a los niños y distribución de alimentos a quienes lo necesitan, mejor vuelvo al trabajo antes de que me gane un regaño de las hermanas.
