
De Giulia Dall’Ava, Tena, Ecuador
A menudo, lo que te salva no es el proyecto, sino el contexto en el que estás. El voluntario no marca la diferencia. Nuestra presencia es temporal y superficial. Y la vida de los habitantes de Tena sigue fluyendo, con o sin nosotros, igual que los ríos que la rodean. Y los muros de la casa Bonuchelli siguen llenándose de historias. Siempre me pregunto cuántas más podrán contener. Sus paredes, desgastadas por los años, acogen vida: la de los voluntarios que se alternan proyecto tras proyecto, la de los animales que entran por casualidad y la convierten en su refugio, y la de las plantas que, desde el vivero, intentan abrirse paso conquistando un centímetro de cemento a la vez.
Y así la casa se llena de las risas de la cena, que se mezclan con las de los geckos, quienes, aprovechando el resplandor de la luz de la cocina, recorren las superficies de vidrio de las ventanas en busca de polillas. Los postes de bambú que sostienen el techo del comedor sirven de refugio a las tarántulas, que asoman desde pequeñas rendijas al anochecer. Y el agua que se acumula en la acera después de una fuerte lluvia se convierte en un estanque para las ranas.
Ecuador te redimensiona. La naturaleza es la verdadera protagonista. Cualquier cosa abandonada es devorada a una velocidad increíble. Es como si la naturaleza se reapropiara de lo que le ha sido arrebatado. Con sus ramas trepadoras se expande, envuelve, devora. Resiste. Resiste a la explotación indiscriminada, junto con las comunidades locales. Echando raíces firmes para evitar que las orillas de los ríos sean erosionadas por la maquinaria de extracción de oro. Para evitar que las aguas sean contaminadas por metales pesados.
La Madre Tierra, la Pachamama, no es un recurso para consumir, sino un ser vivo con el que convivir. Si estamos conectados con ella y la respetamos, nos sostendrá, ofreciéndonos alimento, agua y refugio. Es precisamente junto a las comunidades kichwa que trabajamos para restaurar la biodiversidad que se está perdiendo, ayudando a diversificar los territorios a través de la reforestación con especies nativas. Al elegir las plantas adecuadas para cada entorno, contribuimos a compactar el suelo, reducir la erosión y los deslizamientos, y a atraer nuevamente la fauna silvestre a sus hábitats naturales. Un entorno biodiverso puede convertirse también en un gran atractivo para el turismo, que con su presencia puede desincentivar prácticas extractivas: muchas comunidades están desarrollando proyectos de turismo comunitario con el objetivo de sensibilizar sobre las problemáticas ambientales que afectan directamente al territorio. Una tierra explotada dejará pronto de dar alimento; una tierra sana permitirá el sustento a largo plazo y será una inversión para las futuras generaciones, para los niños y niñas de las comunidades.

Y es el esfuerzo, silencioso y ancestral, el elemento que más caracteriza a las poblaciones amazónicas. El esfuerzo en los kilómetros recorridos a pie para llegar a los cultivos, a menudo lejanos de las casas; el esfuerzo en el peso de la cosecha, transportada en cestas que cargan sobre la espalda y sostenidas por una ancha banda apoyada en la frente; el esfuerzo de trabajar la tierra, al ritmo metódico del machete empuñado durante horas, con la espalda encorvada. En la Amazonía el tiempo se dilata, parece suspendido, y la vida de los agricultores se acomoda a este ritmo, fluyendo lentamente. La quietud de los campos contrasta con el bullicio constante que anima las calles de Tena. Aquí, las voces de los vendedores ambulantes de empanadas de verde y café se entrelazan con los llamados de quienes ofrecen fruta fresca cortada al momento. El sabor de los helados de sabores amazónicos se mezcla con el aroma del pan de yuca, que hacia las seis de la tarde sale del horno en la callecita junto al Parque Lineal. La música lo envuelve todo, saturando cada espacio, y se mezcla con el sonido de los claxon y con los gritos de los conductores que, asomados desde los buses, anuncian los destinos. En este caos vibrante, la naturaleza y el ser humano no son espectadores el uno del otro: son un único e indomable organismo que respira.

