
De Beatrice Carnicelli, Lago Agrio, Ecuador
Lago Agrio es una ciudad reciente. Es la capital de Sucumbíos, una región en la frontera noreste del Ecuador, territorio amazónico de rutas migratorias, narcotráfico y extracción petrolera.
Nace en los años 60 como un asentamiento desordenado de fincas, construidas por un grupo de trabajadores desplazados por motivos laborales y sus familias. La empresa en la que trabajaban era la construcción de un corredor de conexión entre la costa ecuatoriana y la Amazonía, una nueva carretera en medio de la selva virgen, indispensable para transportar hasta los puertos el abundante petróleo guardado en las entrañas de ese territorio, recién descubierto por las grandes empresas extractivas.
Los nuevos habitantes de la naciente Lago Agrio, trasladados por necesidades laborales, encontraron en esta tierra una oportunidad de futuro y, tras deforestar y construir carreteras y oleoductos, se quedaron a trabajar en la extracción, sentando así la primera piedra de lo que con el tiempo se convertiría en una ciudad propiamente dicha, con municipio, comercios de todo tipo y servicios.
Las raíces de esta ciudad, nacida para sostener la explotación humana de las reservas petroleras, reaparecen cada vez que uno se aleja del centro: al salir del entramado urbano gris, se recorren colinas y bosques en permanente compañía de una serpiente negra y tubular: el oleoducto.
No es posible entrar o salir de la ciudad sin encontrarse con él. La vida de Lago Agrio y el recorrido del petróleo avanzan inseparablemente de la mano. Desde hace 60 años, Lago Agrio es un concentrado de contradicciones y un lugar de identidades complementarias.
Una “tierra de colores”, como suele definirse, “colores intensos de toda tonalidad, a menudo ácidos y discordantes”, añadiría yo. En un mismo lugar conviven comunidades nativas, migrantes de paso y habitantes recientes llegados por trabajo; hablan lenguas distintas y sostienen prácticas y valores diferentes.
La selva, que en la Amazonía se manifiesta con fenómenos potentes y ruidosos, y con elementos gigantes y de colores vibrantes, ha sido violada y envenenada por el extractivismo: el aire está contaminado por los mecheros, y el agua y la tierra por petróleo y mercurio.
A las prácticas ancestrales de las comunidades nativas, que están pagando las consecuencias del envenenamiento ambiental con enfermedades, tumores y muertes, se contrapone el consumismo feroz que domina la ciudad: una torpe imitación del modelo capitalista estadounidense que impulsa un consumo inconsciente y voraz, devora los espacios verdes y uniformiza las culturas.
A pesar de representar un recurso económico fundamental para el país, Sucumbíos sufre abandono institucional en términos de infraestructura, salud, educación y servicios, así como una mala gestión de la emergencia migratoria.
El sector social es frágil, casi inexistente, y los frutos de una cultura patriarcal y violenta, profundamente arraigada, siguen marcando la vida de muchas familias: experiencias de violencia de género, marginación y abusos han atravesado a gran parte de la población, dejando heridas profundas.
Entre el abandono institucional y las múltiples contradicciones locales, a menudo cercanas a lo surrealista, surgen asociaciones y pequeños grupos organizados. Pequeños espacios de resistencia, vitales y propositivos, que buscan alternativas para salir del laberinto violento, injusto y doloroso de este lugar.
En este contexto se sitúa la Federación de Mujeres de Sucumbíos, una organización que lucha contra el sistema patriarcal y la violencia de género mediante procesos de prevención, sensibilización, empoderamiento, investigación y acogida.
A través de un trabajo capilar, coordinado y sostenido por la FMS, llevado adelante por unas noventa pequeñas organizaciones de mujeres, se fortalece una red territorial resistente y solidaria, basada en la sororidad y la reapropiación de espacios, cuerpos y libertades.
Las prácticas que impulsan a menudo se salen de los esquemas tradicionales: incluyen rituales, momentos meditativos y espirituales, espacios de cuidado personal y colectivo; no refuerzan jerarquías rígidas y colocan siempre en el centro el cuidado y el bienestar de la otra.
Se trata de un modelo acogedor y revolucionario, que sigue sembrando, con constancia, semillas en una tierra herida pero aún fértil.
Lago Agrio es un lugar que obliga, incluso a regañadientes, a detenerse y escuchar. Escucharse a uno mismo y escuchar el entorno.
En un contexto donde parece no suceder nada realmente nuevo, donde la contaminación alcanza niveles alarmantes, donde el clima es asfixiante y donde se vive en un presente caótico, a veces curioso, a veces grotesco, un movimiento subterráneo, lento y poderoso, hecho de pequeños detalles, encuentros y matices, nos ofrece la posibilidad de afinar los sentidos, escuchar el cuerpo, liberar la mirada y dar voz a lo que llevamos dentro.
