
De Tania Nóvoa Paz, Ibarra, Ecuador
Así empieza la vida: con algo que te sostiene. Desde hace dos meses, de la pura confusión y también del querer aferrarme a mi pasado en la Amazonía, nace mi amor por la cordillera de los Andes. Pero, sobre todo, por el volcán que siempre veo a lo lejos y que me parece totalmente inofensivo.
Aquí estoy de nuevo: conectada con el majestuoso Imbabura. Reflexiono para mis adentros mientras intento hablarme con cariño. Me digo que no es una coincidencia que vuelva a estar rodeada de fuego por todas partes, ya que siento en mi interior que sigue creciendo una pasión que me cautiva y que me conduce inevitablemente a los desafíos.
Son las 7 de la mañana en Ibarra y no necesito la alarma para saberlo. Desde lejos escucho el camión del gas que se acerca. Lo reconozco por la canción sin palabras con la que recorre toda la ciudad. Me levanto aprisa, me visto con mi ropa más cómoda, y recuerdo que es jueves, y que nos espera un taller muy especial en uno de los barrios olvidados de esta tierra mágica.
Empiezo a desayunar, siempre lo mismo: un poco de yogur, avena y fruta. Me siento en la sala de la casa, que es un espacio realmente acogedor. Es toda de madera, típica de la sierra, y justo cuando me acomodo en uno de los sillones, empiezo a oír la frase típica: “Morocho, morocho”, que lo envuelve todo. Me apresuro para llegar rápido a la oficina y comenzar con la preparación del material que necesitamos. Tomo los guiones que están dentro del cajón de mi escritorio y también los títeres.

El lunes será la inauguración de las vacaciones en Pugacho y algunos guaguas están ensayando una pieza teatral que yo misma he escrito. Tomo una bolsa cargada de mandarinas y me preparo para repartirla.
Son las 9:30 de la mañana y sé, desde el inicio de los ensayos, que la mayoría no desayuna. Me pregunto si será algo propio de las vacaciones, donde se acuestan y se levantan tarde, o si realmente van a la escuela sin haber digerido ningún alimento. Son dudas que se acumulan en mi estómago, pero prefiero guardármelas y actuar de inmediato. Entro en el rol de directora, corrijo algunos errores, pero sobre todo refuerzo positivamente todo lo que han hecho bien.
Me emociona porque hemos logrado llevar el Inti Raymi o Fiesta del Sol a uno de los espacios más marginados de esta provincia. También porque estamos consiguiendo, poco a poco, que el volcán o Taita Imbabura se engrandezca y haya espacio para quienes viven admirándolo de cerca.
