
De Andrea Tordin, Quito, Ecuador
Hola a todos, me llamo Andrea, tengo casi 27 años y soy de la provincia de Venecia. La primera vez que oí hablar del Servicio Civil Universal fue cuando era adolescente, y a través de una actividad de mi grupo Scout tuve la oportunidad de escuchar el testimonio de un voluntario que regresaba del Perú. Su relato me impactó profundamente, tanto que, años después, viajé a Lima precisamente para realizar un verano de voluntariado en la misma Comunidad Misionera de la cual él había regresado.
Fue una experiencia verdaderamente formativa que me dejó el deseo de dar un paso más y dedicar un año completo al Servicio Civil para intentar aportar mi pequeño granito de arena. La oportunidad llegó al finalizar mis estudios universitarios y, con la publicación de la convocatoria nacional, decidí elegir un proyecto educativo en América Latina.
La elección recayó en Quito, capital del Ecuador, y en el proyecto del Centro de Educación Integral Paola di Rosa (CEIPAR). Este centro está ubicado en la zona sur de Quito, en un barrio llamado La Magdalena, particularmente difícil por las condiciones habitacionales y sociales de sus habitantes. El proyecto consiste en ayudar a niños y adolescentes en edad escolar (4–17 años) a realizar las clásicas “tareas para la casa” y en ofrecer un refuerzo educativo dirigido a aquellos que presentan evidentes carencias de aprendizaje.
Después de realizar una jornada de selección con pruebas individuales, grupales y una entrevista personal, fui convocado por cumplir con los requisitos del proyecto. Siguió una semana de formación general, junto a muchos otros jóvenes, en la que se abordaron los temas principales de lo que significa formar parte del Servicio Civil y se propiciaron momentos de reflexión para comprender los desafíos que íbamos a enfrentar.
A la formación general presencial se sumó una formación específica en línea, en la que, divididos por país, aprendimos los conocimientos básicos sobre las costumbres locales del país de destino, junto con recomendaciones generales sobre la vida en el extranjero en condiciones de precariedad. A todo esto se añadió la necesaria burocracia para viajar, incluyendo visado y vacunas obligatorias.
Llegué a Quito con los demás chicos y chicas de mi proyecto el 26 de julio de 2025. Allí conocimos rápidamente la ciudad y realizamos una formación específica adicional con el personal de ENGIM que vive desde hace años en Ecuador, pero todo fue rápido porque no pasé el primer mes en la capital. Como en agosto las escuelas estaban cerradas por las vacaciones de verano, al igual que en nuestro país, el CEIPAR también estaba en pausa.
Por ello, fuimos enviados a colaborar con las chicas de los proyectos educativos en Tena, una ciudad del Oriente ecuatoriano conocida como “La Puerta de la Amazonía”. En este lugar fantástico vivimos y trabajamos en contacto con la naturaleza, realizando, semana tras semana, centros vacacionales (vacacionales) en varias comunidades indígenas. Fue una manera estupenda de sumergirnos en la cultura ancestral del Ecuador, de contemplar paisajes que en nuestro país solo se pueden admirar en documentales y de vivir una vida comunitaria que me permitió iniciar el año de Servicio Civil con las mejores energías.
Con la llegada de septiembre se acercaba también el inicio del año escolar para todos los niños del Ecuador, así que dejé la Amazonía y, junto con mis compañeros, regresé hacia los Andes y hacia la capital. Allí nos adaptamos rápidamente al ritmo frenético de una vibrante ciudad y también a sus 2.800 metros sobre el nivel del mar que, debo decirlo, al principio te dejan un poco sin aliento.
Igualmente comprendimos pronto que el CEIPAR no es únicamente un lugar donde hacer solo “los deberes”, sino que es literalmente un puerto seguro en la vida a veces turbulenta que el barrio, y en ocasiones la familia, ofrece a estos niños y jóvenes.
En el Centro las actividades comienzan a las nueve de la mañana con algunas dinámicas para despertar las caras soñolientas de los chicos. La mañana continúa con el trabajo escolar propiamente dicho, intercalado con un recreo en el que hay tiempo y espacio para jugar juntos. Se almuerza hacia el mediodía, de modo que haya tiempo para acompañar a los más pequeños a la escuela más cercana para el turno de la tarde (en Ecuador las escuelas están tan llenas que cuentan con turno matutino y vespertino). Después del almuerzo se atiende a quienes fueron a la escuela por la mañana y ya tienen tareas para el día siguiente.
Llevo muy poco tiempo en el CEIPAR, pero el ambiente entre los colaboradores y las hermanas que gestionan la estructura es contagioso. Los meses que tengo por delante serán, sin duda, intensos, pero las premisas son sumamente positivas. Por ahora estoy seguro de una cosa: ¡la elección del Servicio Civil ha sido la más acertada! Desorden natural, reconectarse con un mundo biodiverso.
Gracias, Amazonía, por esta lección de vida.
