
De Elisa Rocchetti, Quito, Ecuador
Quito. Son las dos de la tarde de un domingo y el cielo acaba de transformarse. Pasé de estar en la hamaca leyendo un libro y admirando los Andes a mi alrededor, a cerrar los ojos y quedarme escuchando la tormenta: las gotas rebotan en el techo de zinc, las ventanas vibran y los truenos se acercan.
En Ecuador, la temporada seca y la de lluvias marcan la vida de las personas, y este año las lluvias han llegado antes de lo habitual. Todos lo notan, no solo quienes trabajan en contacto con la tierra. El cambio climático aquí se siente de manera tangible, en un país donde uno de cada tres ecuatorianos trabaja en la agricultura y el equilibrio de las estaciones mantiene con vida cosechas, pastizales y comunidades rurales enteras.
Como en nuestros países, la lluvia es alegría, porque trae consigo la esperanza de buenas cosechas. Pero también puede ser un desafío cuando llega demasiado pronto o demasiado fuerte. En los últimos meses, en varias provincias, las lluvias torrenciales han provocado deslizamientos y inundaciones que han aislado comunidades, interrumpido caminos y destruido cultivos. La lluvia puede convertirse en fragilidad, y aun así nadie aquí la vive como una enemiga: para las comunidades andinas no es solo un fenómeno meteorológico, sino un elemento sagrado que renueva el vínculo con la Pachamama, la Madre Tierra que nutre y protege, y con la que se construye una relación de sumak kawsay (buen vivir) y ayni (reciprocidad). No se trata solo de palabras: son principios profundos que regulan la relación entre los elementos naturales, la espiritualidad y la vida comunitaria. El agua tiene un valor simbólico y político. Lo demuestra también la movilización de las comunidades de Quimsacocha, que desde hace años defienden sus lagunas sagradas y sus fuentes de agua de la extracción minera. “Quimsacocha no se toca” no es solo un eslogan: es una declaración de pertenencia, una forma de decir que la tierra no se posee, se respeta.


Territorio, saberes ancestrales, prácticas agrícolas sostenibles y comunidad: son palabras clave en mi trabajo. La FAO trabaja para fortalecer la resiliencia de las comunidades, mejorar el uso sostenible de los recursos naturales y promover sistemas agroalimentarios más justos. Yo los apoyo en la elaboración de proyectos que valorizan los conocimientos tradicionales y las prácticas agroecológicas, integrándolos en las políticas públicas y en los modelos productivos locales. Tengo una gran estima por mis colegas y por la directora Gherda, quien coordina la oficina de la FAO en Ecuador con atención y sensibilidad: cada iniciativa parte de la escucha de las comunidades y del respeto por su cultura. Las misiones en territorio no son solo recolección de datos, sino espacios de diálogo para comprender las necesidades de quienes habitan el territorio.
En el centro de este trabajo están los pueblos originarios, las mujeres, los jóvenes y la economía local, para que las personas puedan permanecer en sus territorios y construir allí su futuro. Mi rol requiere competencias técnicas, pero también una fuerte atención a la dimensión social y cultural para transformar problemas concretos en propuestas estructuradas. Cada palabra en los documentos, cada propuesta de actividad debe respetar el derecho de los pueblos originarios a mantener su identidad. Esta conciencia ha transformado mi manera de escribir: los proyectos ya no son simples documentos para obtener fondos, sino herramientas para dar voz a las comunidades y defender sus saberes.


En este tiempo de septiembre, en muchas comunidades andinas se celebra Killa Raymi, la fiesta de la luna que marca el inicio de la siembra y es un momento de gratitud. Estas prácticas enseñan lo importante que es respetar, escuchar, conservar y proteger no solo especies y ecosistemas, sino también saberes y rituales ancestrales que mantienen a las personas en un vínculo profundo con la tierra.
Mientras la tormenta se aleja entre los Andes y las gotas se vuelven más suaves, recuerdo que incluso los momentos difíciles tienen un sentido: sirven para preparar la tierra. Me quedo con la idea de que el desarrollo sostenible, para nuestro futuro, no significa traer algo desde fuera, sino permanecer en escucha y reconocer cuándo la tierra está lista y es tiempo de sembrar.
