De Marta Cattani, Ibarra, Ecuador

Hace tres meses partí con una sola idea: no tener expectativas, sino vivir todo lo que se presentara en el camino, desde el aterrizaje en Quito en adelante. Y así fue.


Ibarra me recibió con sus parques verdes, las fachadas blancas del centro y el ruido persistente del tráfico. Aprendí que aquí los peatones nunca tienen prioridad… pero los perros de la calle sí.


Aprendí a conocer los buses que me llevan al trabajo: grandes vehículos azules que apenas reducen la velocidad para que la gente suba. Aquí no existen los abonos: se paga el pasaje cada vez, y casi siempre el recorrido cambia, siguiendo las necesidades del conductor o de los pasajeros. A través de las ventanillas, con reguetón o una película como banda sonora, aprendí a orientarme entre los barrios, a tener paciencia y a elegir con cuidado el momento justo para presionar el botón de bajada, evitando así tener que descender en medio de la calle.


Aprendí las frases adecuadas para ir al mercado y obtener precios “de ecuatoriana”, y no de occidental.

Me sorprendió la amabilidad de las personas: los conductores recuerdan a los pasajeros, la gente ayuda a elegir el bus correcto y sonríe incluso sin conocerte.

Me sorprendí a mí misma sin sacar fotos, como si quisiera vivirlo todo solo con mis ojos, sin filtros, sin perder ni un instante. Después de años en los que ya no escribía, retomé la escritura precisamente aquí —aunque fuera con pocas frases— para guardar momentos, miradas y instantes que sé que querré compartir cuando regrese.

Cada mañana me despierto y veo los dos volcanes que abrazan a Ibarra, el Imbabura y el Cotacachi: majestuosos, verdes, vivos. Para una chica que creció entre las Dolomitas, este verde y estas palmeras a dos mil metros de altitud son pura maravilla.

El trabajo ha sido —y sigue siendo— otra fuente de descubrimiento. Durante el primer mes me sentí en exploración entre los distintos ámbitos de la oficina: desde la renovación de documentos para personas en movilidad humana, principalmente provenientes de Venezuela y Colombia, hasta la gestión de talleres económicos y sociales, pasando por la elaboración de diagnósticos de vulnerabilidad y encuentros de sensibilización sobre la violencia de género y el empoderamiento femenino.
En el último periodo decidí también salir de mi área principal de competencia —la acogida y la asistencia jurídica a personas en movilidad humana— para explorar el componente psicosocial de este trabajo.

En estos tres meses los cambios han sido muchos, pero este pueblo enseña a ver lo positivo, a encontrar soluciones —incluso las más creativas— y a no rendirse nunca. La fuerza del pueblo ecuatoriano es algo que creía haber comprendido, pero que solo ahora empiezo a entender de verdad.

Escribo esta testimonianza desde casa, en modalidad de teletrabajo, durante un toque de queda impuesto tras la proclamación del paro nacional hace ya trece días. La eliminación por parte del gobierno de los subsidios al diésel, en un país donde casi todo se mueve por carretera, ha tenido un impacto enorme. La población se ha levantado: la mecha, encendida desde hace tiempo, explotó. Las comunidades indígenas salieron a las calles, bloqueando las principales vías de comunicación. Imbabura, la región donde se encuentra Ibarra, fue de las primeras en promover un paro sin límite de tiempo; el presidente Noboa respondió enviando al ejército.

La violencia está incendiando Otavalo y Quito, pero se trata de una lucha colectiva, de la que nadie se siente excluido.

Resulta increíble pensar en comunidades enteras que lo dejan todo para defender sus derechos, a pesar de las amenazas y del miedo a resultar heridas… o algo peor.

Este pueblo enseña que no hay que rendirse, que vale la pena luchar por aquello en lo que se cree y que la mayor fuerza nace de la comunidad, de la comunión de intenciones. Un señor un día en la calle me dijo: “mejor dejar la vida como está”, y yo elegí interpretarlo como una invitación a dejar fluir, a seguir sin juzgar, a vivir plenamente, sin forzar, acogiendo. Esto, para mí, es Ecuador.